"El precio del petróleo seguirá bajo al menos los próximos cinco años"

Este profesor sevillano dirige proyectos I+D para los gobiernos español y chileno sobre la descarbonización de la economía, uno de los grandes retos de la humanidad en estos momentos.

-¿Hemos aprendido algo de la gran crisis financiera que hemos vivido y que nos colocó al borde del precipicio?

-En parte sí y en parte no. Ahora caminamos hacia los Acuerdos de Basilea III, que esencialmente van a decir que el dinero líquido que un banco posee debe aumentar en la medida que éste aumenta sus riesgos. Es un paso en la dirección correcta. Sin embargo, la codicia tiene la memoria muy corta y los inversores suelen tener bastante capacidad para olvidar los batacazos y asumir nuevamente posiciones muy arriesgadas.

-Pero, quizás, esa codicia es fundamental en el desarrollo de la economía capitalista.

-Que nos queramos enriquecer y vivir cómodamente es normal. Lo importante es tener herramientas de supervisión que puedan transformar la codicia en una legítima ambición, que es un sentimiento que incorpora el compromiso y el esfuerzo, dos conceptos de los que carece la codicia. Por ejemplo, el gran problema de Andalucía es que falta ambición desde las propias aulas. Ahí están las estadísticas que nos indican que la mayoría de los estudiantes de las escuelas y facultades de negocios aspiran a un puesto de funcionario. También es un contrasentido que los que enseñan emprendimiento sean profesores-funcionarios, un problema que en las Ciencias de la Salud está resuelto de manera brillante. En las facultades de Medicina, los docentes reparten su tiempo entre la investigación, la docencia y la actividad clínica.

-¿Hay una alternativa viable al capitalismo? En España han vuelto los discursos que aborrecen de este sistema.

-El capitalismo como tal no existe, es una falacia. Si usted analiza el peso del sector público en las economías desarrolladas se dará cuenta de que, en los países donde éste es menor, como son Corea del Sur o EEUU, supone casi la tercera parte de la actividad económica en total. En Francia o Noruega, la cifra asciende al cincuenta por ciento. El discurso de la extrema izquierda de que estamos en un sistema capitalista voraz donde sólo hay actividad económica privada sólo se puede hacer desde la demagogia y no se sustenta en los datos. También está la postura de partidos como Ciudadanos, que entienden que, en España, lo que ha existido es el crony capitalism, el capitalismo de amiguetes, un sistema que no está basado en la competencia y el buen hacer y en el que las mejores empresas no son las que triunfan, sino que, por contra, son las grandes familias las que siguen detentando el control y actúan repartiéndose la tarta económica en función de sus relaciones con el poder político, lo que deriva inevitablemente en la corrupción.

-Usted ha investigado y publicado algún estudio sobre los métodos de evaluación del sector público. Debe ser una tarea harto complicada.

-El sector público es extraordinariamente heterogéneo y hace cosas tan dispares como poner un sistema de iluminación para el tráfico, cuidar un parque, atender una cama hospitalaria o mandar una brigada a Iraq. Por tanto será más difícil evaluar su competitividad que la de una empresa privada que sólo se dedica a una actividad.

-¿Y, en España, cómo sale parado este sector público?

-Hay comportamientos muy dispares. Por ejemplo, es evidente que el sistema sanitario español es uno de los grandes patrimonios de nuestra sociedad desde que empezó a levantarse a finales de los años cincuenta. El sistema educativo, en cambio, no acaba de responder, aunque es verdad que se están realizando avances importantes basados en su evaluación. En general, habría que vincular los fondos que reciben los centros públicos y concertados a la calidad de la formación y a las posibilidades laborales de sus egresados.

-Usted es director de la Cátedra de Economía de la Energía y el Medio Ambiente. Le haré una pregunta muy clara: ¿se van a mantener los bajos precios del petróleo?

-En mi opinión sí.

-¿Y durante cuánto tiempo?

-Al menos en los próximos cinco años. Hay varios factores que así lo indican. Existe una caída en la demanda en China, que es el principal importador de petróleo crudo y refinado, y también debemos tener en cuenta que el levantamiento de las sanciones a Irán aumentará considerablemente la oferta. Por último, es importante la estrategia puesta en marcha por países como Arabia Saudí para frenar a la industria norteamericana y canadiense del fracking. El precio de extracción en Arabia de un barril de brent es, aproximadamente, de cuatro dólares, por lo que los saudíes se pueden permitir un precio de barril en el mercado a treinta dólares y seguir teniendo un margen de beneficios muy grande. Sin embargo, con el fracking sólo se consigue un precio rentable del barril a cuarenta dólares.

-No obstante, la industria petrolera de Venezuela, que no es tecnología fracking, lo está pasando mal.

-Porque el problema de Venezuela es que su petróleo tiene un contenido de azufre muy alto. Es tan sólido e impuro que se extrae por bloques, no es líquido como el brent. Por tanto, el coste de refino de este crudo es altísimo, por lo que queda fuera del mercado.

-¿Y esto de los precios bajos del petróleo es bueno o malo?

-Para las llamadas economías petroalcohólicas, las que son dependientes de esta materia prima, es evidentemente bueno. El problema está en que, después del sector eléctrico, el sector más contaminante es el transporte en carretera, que suele usar vehículos diésel o de gasolina. Todas las expectativas que teníamos de desarrollo de la industria de los coches eléctricos o híbridos, que estaba orientado al ahorro de combustibles fósiles por caros y contaminantes, queda absolutamente frenado.

-¿Y las energías renovables, podrán suplir alguna vez a los combustibles fósiles?

-En esto hay que ser rigurosos. La sociedad occidental lleva cien años trabajando en la tecnología basada en el petróleo y, por tanto, estos motores tienen un background enorme. El consumo de gasolina de cualquier coche contemporáneo no tiene nada que ver con el que tenía el Ford T. En comparación con esto, el tiempo que se ha dedicado a la investigación de las energías alternativas es mínimo y, por tanto, le estamos pidiendo unos rendimientos en la curva de aprendizaje que no le hemos exigido a las tecnologías de los combustibles fósiles. Con las energías renovables ocurre lo mismo que con el sector público, son muy heterogéneas. Pensamos que todas funcionan de la misma forma. Sin embargo, la energía termosolar, que fue la apuesta de Abengoa, es muy diferente de la eólica, que fue la de Iberdrola, o de la geotérmica. Cada tecnología es diferente y tiene un precio de producción distinto.

-¿Y actualmente en qué situación estamos?

-En este momento ya se puede decir que hay tecnología solar fotovoltaica y energía eólica que son capaces de producir el Kilowatio/hora en torno a los seis céntimos de euro. Eso significa que no necesitan ningún tipo de subvención y que son energías tan competitivas como las producidas por una central nuclear, con la diferencia de que la inversión que requieren es mucho menor. El problema de estas energías, el que tiene a toda la industria paralizada, es el del almacenamiento. La energía eléctrica tiene un problema, que no se puede almacenar y tal como se produce hay que consumirla y, si no, hay que tirarla. Una central de carbón puede modular la cantidad de energía eléctrica que quiere producir, porque sólo es cuestión de cambiar el nivel de actividad. Sin embargo, una planta solar o eólica no puede hacer esto, porque depende de factores externos como el sol o el viento. Si se consiguiese almacenar la energía producida, esta industria reduciría bastante su problema.

-¿Y cree que se conseguirá solventar ese problema técnico?

-Ese es un gran misterio, como el de la tecnología de fusión nuclear. Llevan mucho tiempo diciéndonos que en los próximos diez años se conseguirá la fusión nuclear y que, por tanto, alcanzaremos el coste cero de la energía, pero nunca acaba de llegar ese momento.

-Algunos dicen que la lucha contra el cambio climático será la salvación del capitalismo.

-Tengo mis dudas al respecto. La primera reacción que tuvo el G-20, durante su reunión de Washington, cuando se dio cuenta de la dimensión de la crisis de 2008, fue apostar por un modelo al estilo Roosevelt. Si en los años 30 el New Deal consistió en impulsar con dinero público una gran política de infraestructuras según el modelo keynesiano, ahora se proponía que estas grandes inversiones sirviesen de motor para la industria de las energías renovables. Sin embargo, al final, las ayudas no han resultado tan importantes como se presuponían, porque las limitaciones financieras han sido considerables. Además, tras el reciente Acuerdo de París, se ve que hay dos países importantes que no están dispuestos a hacer un gran esfuerzo inversor para reducir la carbonización de la economía: Brasil, que tiene una crisis económica e institucional importante, e India, que pese a que emite muchísimo CO2 no parece muy preocupada con este asunto.

-¿Se puede tener una economía sostenible y alimentar a la superpoblación mundial?

-El problema de alimentar a la superpoblación está resuelto y, técnicamente, hay comida suficientes para que nadie se muera de hambre. El verdadero problema es el de la distribución. Dicho esto hay que tener en cuenta que, a mi entender, si se prohíben los transgénicos y los productos fitosanitarios podríamos perder esta capacidad de alimentar a la población.

-¿Cada vez hay más preocupación por lo que se come y qué coste medioambiental tiene la producción de los alimentos?

-Cierto, pero hasta ahora parece claro que el consumidor no está dispuesto a pagar un precio más alto por los productos ecológicos. Lo que sí es evidente es que caminamos hacia el etiquetado ecológico. Es decir que, en poco tiempo, en todos los alimentos que compremos constará su huella de carbono: la cantidad de CO2 que se ha emitido para su producción. Esto ya se ve, por ejemplo en los billetes de avión. Otra cosa es si después le hacemos caso a esa información o no.

-¿Y los impuestos como la ecotasa que se puso en marcha en Baleares, sirven para algo?


-En Venecia hay que pagar tres euros por turista y en Barcelona tres. Da igual que se llame ecotasa o impuesto de turista, lo cierto es que es un ingreso significativo para los municipios que lo han puesto en marcha, pero es importante saber explicarlo. Los venecianos saben que con este dinero se financia el mantenimiento de los espacios públicos y de los monumentos. Creo que se podría aplicar en Sevilla o en cualquier otra ciudad andaluza, pero habría que hacer un esfuerzo pedagógico para que los ciudadanos supiesen bien en qué se emplea.

Fuente: Luis Sanchez Molini
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